“La niña que fue Machi” – por Eliseo Cañulef M.

¡Miawpe!Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn0


Fotografía: Fütawillimapu

A continuación les presentamos otro cuento de nuestro peñi Eliseo Cañulef Martínez llamado «La niña que fue Machi«. En esta oportunidad la historia de Pichimaslen, una niña quien a través de un pesrimontun descubrió su destino…

LA NIÑA QUE FUE MACHI

Eliseo Cañulef Martínez

Pichimaslen volvió de la escuela y antes de ir a rodear las ovejas en la loma del boldo huacho —responsabilidad que había heredado desde que sus hermanos mayores abandonaran la casa para formar sus propias familias— pasó a sacar un trozo grande de la tortilla que su madre tenía en una bolsa colgada del horcón más cercano a la puerta. Enseguida invitó a los dos perros con un silbido y ambos se fueron contentos detrás dando saltitos a su alrededor porque les iba dando a cada uno un pedacito de pan cada vez que ella misma sacaba una mascada. Las ovejas, que sabían a lo que iba, no tardaron en ponerse de acuerdo en encaminarse a su encuentro apenas la vieron venir bajando por la loma. De modo que se tendió boca abajo sobre el pasto para que los perros intentaran mordisquearle las orejas que ella cubría con sus antebrazos mientras las ovejas iban a su encuentro. Los dos perros, entrenados por ella desde cachorros en ese juego, se le tiraron encima y agarraron con los dientes cada uno una manga. Estuvieron un buen rato tratando de alcanzar la oreja, pero mientras más se esforzaban más fuerte apretaba ella sus antebrazos contra su cabeza. Cuando se cansaron de insistir echándose a su lado, ella levantó un poco la cabeza y pudo ver a una cuarta de su boca una piedrita redonda y jaspeada. La recogió y miró con atención sus contornos, luego le quitó las adherencias de tierra frotándola en su ropa y se la echó a la boca.  Las ovejas pasaron de largo a su lado y ella tentó una vez más a los perros para que esta vez prefirieron mordisquearle las patorrillas. Así que se levantó y echando carreras con ellos alcanzó a las ovejas que ya iban entrando al patio de la casa.

Su madre tuvo el primer sobresalto a la hora de la once cuando la vio sacarse de la boca la piedrita.

—¿Dónde encontraste esa piedra? —le preguntó.

—En la loma.

—¿Y por qué la recogiste?

—Porque me gustó.

—Tienes que ir a dejarla en el mismo lugar porque es licancura, remedio de Machi —le dijo su madre en serio.

Pichimaslen obedeció, sabiendo que con esas cosas no se juega, de una carrera fue de nuevo a la loma y puso la piedrita en el mismo lugar en que la había encontrado.

Al día siguiente la volvió a encontrar en otro lugar, pero ya advertida de que no debía recogerla, la miró por un rato. Para asegurarse de que era la misma la dio vuelta con el pie y siguió de largo. Sin embargo, durante los días siguientes la volvió a encontrar en otros lugares de la loma, así es que decidió advertírselo a su madre.

—Es como si me anduviera buscando, por donde yo paso ahí está —le dijo.

Su madre tuvo el segundo sobresalto porque podría ser un aviso de que a su hija la estuvieran llamando para que se hiciera machi. De modo que corrió a la huerta a contárselo a su marido y éste salió enseguida a contárselo  a sus parientes más cercanos y todavía siguió de largo hasta la casa del Apoülmen, el más importante dirigente de la comunidad, quien lo mandó con urgencia a consultarlo con Alcafuz, el machi que vivía a pocas leguas de allí.

Cuando volvió de consultar al machi el padre de Pichimaslen mandó a llamar a todos sus parientes para una junta de asuntos mayores en  su casa, con el encargo de asistencia y puntualidad inexcusables porque lo que estaba a punto de pasar era tan importante que habría de ser recordado en todo el ámbito de Futahuillimapu por tiempos inmemoriales. Apenas el pariente que había llegado último hubo terminado de dar razones del bienestar de los suyos, del buen estado de su casa y de los excelentes rindes de sus cosechas, el padre de Pichimaslen dejó caer la noticia que infló los pechos de todos los que formaban el semicírculo en el patio a las 11 de la mañana de ese día lleno de sol.

—Pichimaslen ha sido llamada por espíritu de machi para que se convierta en sanadora, así lo indica el perimontun repetido que ella ha tenido con una licancura, y así lo ha confirmado el especialista en estos asuntos que acabo de consultar —dijo.

A la manifestación de algarabía general que provocó la noticia le siguió la preocupación que la madre de la niña puso en voz alta.

—Ahora hay que esperar que ella acepte el llamado y se haga machi para que no sobrevengan desgracias —dijo.

Era cierto. La única que podía decidir eso era Pichimaslen que en ese momento estaba en la escuela y nadie, ni siquiera sus padres, podrían obligarla a aceptar el llamado del espíritu de machi si ella no quería. La costumbre antigua era muy clara y severa en eso: no se podía obligar a nadie, ni siquiera para salvarle la vida porque se sabía a ciencia cierta que si la niña no aceptaba podría enfermarse y morir como había ocurrido otras veces con otras personas que no aceptaron el llamado. De modo que ocuparon el resto de la mañana en hablar de todo lo que se tendría que hacer en el caso de que ella aceptara y también en el caso de que no lo hiciera. Después de almuerzo siguieron la conversación y hasta hubo remembranzas de casos ocurridos en la familia que los más viejos hicieron para alertar a las generaciones más nuevas acerca de cómo procedían los antiguos en este tipo de acontecimientos.

La tarde vino a terminar con la zozobra y a poner las cosas en su sitio. Pichimaslen llegando de la escuela pasó directo a sacar el trozo de tortilla de rescoldo en la bolsa del horcón y antes de invitar a los perros con el silbido de siempre, les dijo a todos:

—Voy a ver si la licancura me está esperando de nuevo. Si es así quiere decir que hay que ser machi nomás.

Enseguida partió hacia la loma en busca de las ovejas. Mientras todos los parientes se quedaron reunidos repartiéndose las tareas y responsabilidades que cada cual había de desempeñar en el largo proceso que sería su formación de machi. Su madre tuvo el último sobresalto cuando la vio venir de regreso arreando las ovejas porque le pareció estarla viendo de mayor altura y vestida con ropas de machi, y cuando lo dijo todo el mundo entendió que Pichimaslen se había encontrado de nuevo con la licancura que le enviaban desde lo alto y ya nada pondría dificultades al fiel y cabal cumplimiento de su destino de machi poderosa y sabia sobre la tierra.


Más de Eliseo Cañulef
Fütawillimapu: “Trentren y Caicai” – por Eliseo Cañulef M.
Fütawillimapu: Algunas mentiras de amor del estado de Chile a los Mapuches – Eliseo Cañulef M.
Fütawillimapu: «La Indignación de la Machi», cuento del peñi Eliseo Cañulef

Tamün srakisuam
¡Miawpe!Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *