Las vivencias del Tata Mañuko

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Fotografía: Minga en Panguimapu l Evalina Cisterna

Era una soleada mañana de un día de agosto en la década de los 60, cuando el weshante aparecía amenazante por las sruka de San Juan de la Costa, el Tata Mañuko después del desayuno que acompañó con un asrentu de pankutras y un pocillo de café de trigo con tortillas al rescoldo y con cierta parsimonia, como si hablara para él solo, dice: “voy a ir a dejarle un almud de trigo al Juanchi, ya que vino ayudar en la cosecha en febrero, ahora necesita ése, porque no siembra trigo”. Luego fue al granero, midió el almud, tomó el saco lo puso al hombro y se indilgó hacia la casa del Juanchi, que está pasando al otro lado de la vega.

Era la costumbre entonces, donde la palabra, los gestos, las acciones no estaban marcadas por el tiempo, el reloj ni el dinero, ni tampoco se le daba un valor monetario al trabajo que alguien hiciera a un vecino. Lo importante era ir a ser partícipe de la siembra o de la cosecha. Luego con el tiempo habría una forma de retribución. Eran las conductas de reciprocidad instaladas en la tradición sociocultural de la comunidad mapunche. La existencia de una normativa natural que no estaba escrita, ni tampoco se expresaba en palabras, solo se comprendía en la acción cotidiana que así había que hacerlo, ese era el as-mapu.

Así el que iba a barbechar un terreno, dejaba sus yugos y arado a la vista del camino para que sus vecinos lo vieran. Al otro día muy temprano llegaban todos los cercanos con sus bueyes, arados y azadones para hacer la minga de barbecho. Y lo mismo sucedía para la siembra y la cosecha según el tiempo y la faena a realizar.

Los que tenían bueyes y arado, se entendía que ellos también sembraban y cosechaban, no así quienes no tenía esos aperos, pero igual llegaban con sus azadones, gualatos y/o echonas. Estos últimos su retribución estaba definida por la propia costumbre, en las cosechas de papas, se retribuían con los “ayuntos” que sacaban de las melgas (los ayunto son las papas que habían tenido un exceso de crecimiento), y que se llevaban cuando regresaban a sus casas. Estos trabajadores o ayudantes en la saca de papas se les conocía por “koipu”, y hacían apuestas, quien encontraba el ayuntu (la papa) más grande.

En la cosecha de trigo, existían tres formas de compromiso de trabajo, llegaba los mingueros con sus bueyes y carreta para la emparva y otras funciones, el “tariero” que exclusivamente llegaba a sacar “tareas” (que era el corte de trigo de un retazo de 75 por 50 varas, como alrededor de 2.619 m2 aproximadamente). Y los “trabajadores al día”, quienes solo llegaban con su echona en las cosechas de trigo que les correspondía segar, emparvar y trillar. Estaba también el dueño del equipo de trilla, dependiendo del avance tecnológico de la época, como las trillas a yegua y/o palos, luego las desgranadoras accionadas por un malacate (especie de engranaje grande con dos pértigos de madera que se accionaba con la tracción de dos yuntas de bueyes). Después llegó la trilladora de planta accionada por un loco móvil a vapor y/o un tractor.

Hasta ese punto de tecnología se llegó en la década de los 70 las últimas siembras y cosechas de trigo en el sector precordillerano costero de Osorno, porque luego la tierra ya no tenía los suficientes nutrientes, producto de la continua explotación agrícola, que comenzaba a generar una generalizada erosión de los suelos y de la acelerada deforestación.

Volviendo al recorrido de nuestra memoria, junto con el término de las siembras y cosechas de trigo, también se fueron extinguiendo costumbres que eran parte fundamental de nuestras familias y comunidades, como la “vuelta y mano”, la “minga”, y otras como el “chauki”, el “fushatu”, el “killatu”. Todas ellas hoy olvidadas, y que en algunas actividades culturales las rememoran como parte de la historia, pero no como una costumbre cotidiana en los actuales tiempos.

El manküng küsow (La vuelta de mano), era la costumbre de ayuda mutua entre dos personas o dos familias vecinas, esta práctica de reciprocidad era una constante porque eso significaba que si hoy me ayudaban a mí, mañana incondicionalmente yo ayudaría a mi vecino en su trabajo, y así sucesivamente y mutuamente. La vuelta de mano, una práctica extinguida en nuestras comunidades, podría manifestarse de alguna manera actualmente en los velorios, porque en un momento complejo de la vida, tiene un componente importante de la necesidad de los demás y viceversa.

Por lo demás, ha entrado fuertemente el condicionamiento del dinero en las actividades cotidianas de las labores productivas en las comunidades mapuche williche. Si hay dinero de por medio se puede contar con una persona que ayude a efectuar un trabajo determinado. Las relaciones interpersonales tampoco es la misma, con el dinero es más fría, es impersonal, porque el que antes era un colaborador, un apoyo, un ayudante, ahora tiene el rango de “trabajador”, que cumple un horario y no le importa mucho si el trabajo tiene avance y/o que este se concluya de la manera más óptima. En la antigua costumbre, sino se alcanzaba a terminar con el trabajo, había que concluirlo al día siguiente, sin mayores objeciones y/o condiciones. La única condición era que haya buena comida y bebida para compensar el esfuerzo realizado.


Fotografía: Vuelta de mano l Evalina Cisterna

La vuelta y mano, era una costumbre entre dos vecinos, la minga, por otro lado, era una actividad más colectiva, donde se involucraba a varios grupos de familias de un sector. Donde el dueño de minga convocaba para realizar una actividad productiva determinada, todos llegaban con sus herramientas de trabajo correspondientes. Todo comenzaba muy temprano, antes que salga el sol, se daba el desayuno luego los hombres a la faena convocada, un grupo de mujeres a la cocina, otras a hilar y tejer. Cuando había cosecha de trigo, iban todos: hombres, mujeres y niños. Solo quedaban las de la cocina.

Una vez terminada la minga, que podía ser de un día o de varios días, venía  la cena muy contundente y además refrescada con alguna bebida ya sea mushay, mushka (chicha de manzana), chicha de “mosco” también llamada “chicha volando” (que se hacía de restos de miel y cera de abejas). Luego se concluía en una fiesta amenizada con música y bailes hasta donde correspondía.

Hoy ha entrado otros componentes valóricos en nuestras familias, comunidades y territorios, obviamente que el espacio territorial de supervivencia ha sido reducido hasta su más mínima expresión, pero también se ha reducido nuestros propios valores culturales, nuestra esencia espiritual, cultural e histórica, y damos paso a componentes enajenantes y  muchos de ellos de características negativas y destructivas, como el egoísmo y la envidia que se han quedado a ser parte de nuestras visiones y acciones en  las personas, familias y comunidades.

Entonces, además del tema territorial ¿podremos pensar en una reconstrucción cultural sin mingas, sin vuelta de mano, sin chauki, sin chesugun, sin historia, sin kimun, sin srakisuam …  solamente de recuerdos?. Bueno, es la tarea que muchos ya han emprendido, aunque muchas acciones son individuales, lo ideal sería que fuese un trabajo de muchos, una propuesta potentemente colectiva, consensuado con los kimche y nuestras autoridades ancestrales.

El Tata Mañuko, volvió al medio día. Dijo: “no encontré al Juanchi, había sali’o, pero el trigo se lo deje al Peyo pa’ se lo entregue cuando lo vea”.

Fütawillimapu
@Wesrkin

Tamün srakisuam
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Una respuesta a “Las vivencias del Tata Mañuko”

  1. Vivi el año 1959/60 en Huitrapulli o Aleucapi, tengo muy lindos recuerdos de San Juan de la Costa. Lugar maravilloso y su gente encantadora.

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